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"Entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube con gran poder y gloria". Esta es la afirmación central del discurso de Jesús que leemos en el Evangelio de este I Domingo de Adviento. Con esta afirmación se introduce el tiempo del Adviento que nos pone a la espera de esa venida –ese adviento- final de Jesús.

La frase comienza con el adverbio de tiempo "entonces" con el cual Jesús sitúa ese acontecimiento en relación de contemporaneidad con otros hechos: "Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra habrá angustia de los pueblos, paralojizados por el estruendo del mar y de las olas, expirando los hombres de temor y de ansiedad por lo que vendrá sobre el mundo; porque las fuerzas de los cielos serán sacudidas". Después de este crescendo de terror, la frase siguiente suena como un remanso de paz y de gozo: "Entonces verán al Hijo del hombre viniendo en una nube con gran poder y gloria". Hecho este anuncio, Jesús se dirige a los que creen en él y esperan su venida: "Cuando empiecen a suceder estas cosas animaos y levantad vuestras cabezas, pues se acerca vuestra liberación".

Ante la venida del Hijo del hombre y las señales que la acompañan habrá dos reacciones opuestas: angustia, terror y ansiedad para los pueblos por lo que vendrá sobre el mundo; alegría y consuelo para los discípulos por Aquel que vendrá al mundo. Aquellos signos que aterran a los pueblos serán para los discípulos motivo de alegría, como es para un preso o un esclavo el anuncio gozoso de su libertad. No hay otra alternativa, pues –asegura Jesús- “aquel Día vendrá sobre todos los que habitan toda la faz de la tierra”.

¿Qué actitud adoptamos hoy ante este anuncio cierto? Hay dos actitudes posibles: estar desprevenidos o estar preparados. Cada uno sabe en cuál actitud se encuentra. Jesús nos previene contra la primera actitud: “Guardaos de que vuestros corazones se hagan pesados por el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y venga aquel Día de improviso sobre vosotros, como un lazo”. Y nos recomienda la segunda: “Estad en vela, orando en todo tiempo... para que podáis estar en pie delante del Hijo del hombre”.

Podrán “estar en pie delante del Hijo del hombre”, cuando venga en su gloria, los que ahora están en su presencia y “permanecen en su amor” por el cumplimiento de la condición indicada por él: “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor” (Jn 15,10). A éstos dirá: “Venid, benditos de mi Padre...” (Mt 25,34). No resistirán su presencia gloriosa los que ahora están separados de él, los que ahora tienen conductas en las cuales el solo recuerdo de Jesús les molesta. A éstos dirá: “Apartaos de mí, malditos...” (Mt 25,41). La diferencia entre unos y otros se juega exclusivamente aquí, en el espacio de vida que Dios nos da. El tiempo del Adviento es tiempo de conversión, es un tiempo de gracia que se nos ofrece para adoptar una actitud de vigilancia y de oración continua.

Felipe Bacarreza Rodriguez Obispo de Santa María de los Ángeles (Chile)